Voy a explicarme porque no quiero que penseis que soy un escapista profesional, que lo soy, pero esto no es el tema de hoy.
El caso es que unos días antes de dejar el Bierzo pasé por el trámite de la castración, todos los que pasamos por una protectora, ya seamos machos o hembras somos esterilizados. No es agradable, desde luego, pero así evitamos las tentaciones cuyo resultado sean una troupe de cachorritos inesperados y seguramente no deseados, que con suerte acabarán tambien en una protectora, fijaros en el detalle que he dicho con suerte, con mucha suerte.
Pues bien, llegué recien castrado. Eso quiere decir que ya no produciría nuevas hormonas masculinas, pero aun tenía activas las producidas con anterioridad a la esterilización.
Que culpa tengo yo de que en el paseo de ese segundo día de mi llegada me cruzara con una hermosa hembra en celo de andares sinuosos? Me miró con ojitos lánguidos y no me pude resistir, me entendeis, no?Y como iba atado no pude correr detras de esa preciosidad que me tentaba, así que cuando volvimos a casa y me quitaron el collar y la correa me crucé el jardín como un rayo y salté por entre las verjas que acotan mi territorio a la calle. Todo mi volumen, que parecía no pasar entre las estrechas rejas se redujo, pues no era volumen corporal y sí piloso, y ese pelo se doblegó a mi esfuerzo, y pasé limpiamente del jardín privativo a la calle liberadora. Y una vez libre, suelto y enamorado corrí como el viento en busca de los aromas deliciosos de mi pretendida.
Claro que me apenó ver a mi amita correr tras de mí gritando mi nombre, pero yo tenía cosas más urgentes que hacer, además ese nombre aún no lo reconocía como propio pues hacía solo 48 horas que lo llevaba. Mi carrera desenfrenada me llevó a lugares que no conocía en busca de mi pasión canina que había desaparecido y me asusté un poco, por lo que anduve y desanduve diversas calles frenético y sordo. Y de repente, como en un milagro ví aparecer tras una esquina no a mi futura novia sino a mi amita jadeando y cansadísima, correa y collar en mano y casi a punto de llorar. Me alegré mucho de verla y al ir a saludarla, pues me había estado dando galletas y me caía muy bien, me colocó el collar con rapidez y ahí acabó mi escapada donjuanesca.
Cuando volvimos a casa, he de decir que no fuí reñido ni castigado (tengo una amita que es un solete) Susana se puso a tapar todas las posibles vias de escape que no había calculado que lo eran, con lo que ya no hay ninguna posibilidad de aventuras en solitario.
Ahora, pasado el tiempo, ya ninguna hembrita descarada me roba la razón, por muy en celo que esté. Esa parte de mi masculinidad ha desaparecido. Me podrán tener como amigo y compañero de diversión pero mis años de ligoteo se han acabado (hay que tiempos aquellos!! ), y mi amita puede respirar tranquila.

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